Tras 15 días desaparecido aquí estoy de nuevo:
Hace unos meses que me he afiliado a la Unión Española de Catadores y allí he asistido a más de un par de catas interesantes, pero esta de la que hoy escribo es la que más me ha sorprendido, gratamente. Ya conocía la marca Riedel como uno de los mejores fabricantes de copas del mundo, por no decir el mejor, pero nunca había llegado a entender realmente el porqué. Esta cata sin duda nos ayudó a ello.
Nos dirigió la cata Jordi Segura, sumillier y uno de los representantes de Riedel en España —a propósito lo hizo muy bien y por ello merece la pena felicitarle—. En primer lugar nos presentó formalmente la marca alemana. La vinculación de la familia con la cristalería se remonta a mitad del siglo XVIII en Bohemia —se trataba de una familia germana asentada en los tristemente famosos Sudetes del norte de Chequia—y su fama como marca a la época del Art Nouveau, a finales del siglo XIX y principios del XX. Desde entonces y sobre todo desde 1946 con su asentamiento en Alemania, la marca se ha convertido con el paso del tiempo en el summun de las copas.
Pero vayamos al grano que vosotros lo que queréis es leer sobre lo que bebimos… y ya de paso sobre copas. Creo que, como todos los compañeros que asistimos, al principio me mostraba algo escéptico sobre lo que íbamos a hacer. Delante nuestro seis copas distintas, dos de champagne y cuatro diferentes modelos de vino. Podéis ver todas en la foto. Jordi nos explicó que la primera copa, la más basta de las de Champagne, era la única de todas ellas que no era Riedel. Nos servimos nosotros el vino espumoso —un cava Freixenet Brut Nature Reserva 2006 sorprendente para esta marca con la que suelo ser bastante suspicaz— por lo que no había trampa ni cartón. La primera copa, la no Riedel, mostraba ya su diferencia en el apartado visual. Las burbujas, o perlage, subían de forma caótica por todo el vino, sin ton ni son mientras que en la copa Riedel estas se concentraban en una única y bella cadena de burbujas que lentamente subían desde el medio. Nuestro director de cata nos explicó tanto la importancia de la pureza del cristal como de la muesca hecha a propósito en la base de la copa para producir dicho perlage perfecto. En la primera copa los aromas se sentían con más intensidad pero también más turbios. Lo más interesante fue la sensación en boca. La copa foránea hacia que el líquido llegara a la lengua desde le medio de esta, ya que por lo cerrado de su boca como por su longitud era necesario levantar mucho la cabeza. Esto hacía que se perdieran muchas sensaciones y que resultara mucho más agresivo y el carbónico mucho más áspero. Sin embargo el diseño de la copa Riedel permitía que el cava se sintiera desde la punta de la lengua hasta el final haciendo que éste mostrase su verdadera estructura y suavidad.
Seguimos nuestro experimento con dos copas para blanco. En este caso nos dieron un buen Creu de Lavit 2008 Xarello con fermentación y crianza sobre lías en barrica. La tercera copa, la más ancha, hacía que el vino se mostrará mucho más pálido y sus aromas menos intensos. Sin embargo hacía que estos últimos fueran mucho más limpios y florales, nos permitía apreciar mucho más su complejidad. Por el contra la cuarta copa, más alargada y estrecha, si bien mostraba mejor el color del vino y hacía más intensos sus aromas también hacía que éstos pareciesen algo contaminados y, sin duda, menos complejos. De nuevo la sensación era más notable aún en boca. La tercera copa daba más amplitud, más volumen, más equilibrio y más elegancia. La cuarta si bien daba más concentración hacía que el vino resultara menos suave, más rápido y muchos menos equilibrado. Obviamente para este vino la copa más adecuada era la tercera, fabricada en teoría para Chardonnay pero que funciona bien con la Xarello. La cuarta copa, que pese a lo que parezca anteriormente no hacía malo el vino, está pensada más para vinos blancos de varietales más fuertes y vinos más jóvenes, como los elaborados con Verdejo, Sauvignon Blanc o Albariño.
Para finalizar nos pasamos al tinto. En este caso tomamos un buen Valdubón Reserva 2006, 100% tinta fina, con 22 meses de crianza en barrica. En este caso la copa cinco nos permitía una mejor visualización del color del vino mientras que la copa seis este resultaba demasiado concentrado. En cuanto a los aromas se notaba más cierta contaminación reductiva en la sexta que no se percibía tan intensamente en la quinta, por lo que esta última resultaba más agradable y permitía una mejor apreciación de la complejidad aromática del vino. En boca la quinta copa nos permitía percibir mejor la concentración, volumen y equilibrio del vino, mientras que la sexta daba una sensación mezcla de acuosa y agresiva en el paladar. Jordi nos explicó que la quinta copa estaba diseñada para Cabernets —una uva muy intensa como lo es también la tempranillo— mientras que la sexta está preparada para las Pinot Noir —una uva muy interesante pero con menor intensidad que las Cabernets—.
No puedo terminar este post sin incluir una versión de la frase con las que nos definió las copas Riedel Jordi, más o menos vendría a ser esto: No es lo mismo escuchar la novena sinfonía de Bethoveen dirigida por Karajan e interpretada por la filarmónica de Berlín en unos cascos del tren que escucharla en los unos magníficos bafles conectados a una gran cadena de música… pues lo mismo con el vino y las copas.
Espero que os haya gustado e interesado
¡¡¡A disfrutar todos!!!
